SUPERCARLOS Y LAS CÉLULAS MALVADAS

Por Victoria Palma Pérez

El día más raro en la vida de nuestro prota fue cuando, recién cumplidos los nueve, un médico le diagnosticó cáncer. ¿Pero, eso no era un signo del zodiaco? Fue entonces cuando supo que se trataba de una enfermedad difícil y dura, que tendría que poner de su parte para curar:

–          Carlitos –le dijo el doctor–, no te preocupes y piensa que vamos a estar todos aquí ayudándote. Vas a tener que pasar mucho tiempo en el hospital, seremos  una segunda familia para ti. Ya verás qué de niños hay también como tú, muchos de ellos ya a punto de abandonarnos porque están curados.

Carlitos miraba a través de las gafas a su madre, y dejaba entrever cara de sorpresa y de miedo al mismo tiempo. Aunque de repente hubo un brillo en su mirada y su cara se iluminó:

–          Mamá, si estoy enfermo no puedo ir a clase, ¿no?

–          No, hijo, durante un tiempo no vas a poder ir a clase, ya lo recuperarás…

–          ¡¡¡Toooomaaaaaa!!! Jajaja ¡qué chollo, si ahora vienen los exámenes!

Ante esto su madre no pudo más que suspirar y sonreír. Así era Carlos, como decía su madre cuando le reñía, un “cafre”.

 

Después de eso empezó lo que él mismo bautizó como “la cruzada contra el mal”. Y le puso este nombre porque ahora, aunque no tenía que ver a la odiosa señorita Tere, tenía una nueva enemiga: la enfermera Lola, que a desagradable no ganaba nadie, y que le decía con voz chillona que llegaba tarde para la extracción. Y es que si había algo que gustaba más a Carlitos era remolonear en la cama y pensaba que ahora con esto de estar malo no iba a tener que madrugar. Pero los primeros días no fueron así, debía ir temprano a que le hicieran pruebas y más pruebas… Al poco el niño ya tramaba un plan para deshacerse de la bruja Lola, como él la bautizó. Se dio cuenta de que cuando no había nadie en enfermería la bruja siempre estaba comiendo. ¡Así estaba tan gorda! De modo que Carlitos buscó en casa unas gotas que su madre tomaba de vez en cuando para “hacer de vientre” como decía ella… Al día siguiente llegó temprano a que Lola le sacara sangre:

–          Vaya, hombre, hoy no se te han pegado las sábanas, qué raro. Espera un poco aquí sentado que aún no he preparado las inyecciones.

Aprovechó Carlitos aquel momento para pedir a su madre que saliera a por un poco de agua, fingiendo que tenía muchísima sed, y al quedarse solo en enfermería echó unas gotas de laxante en la manzana que tenía Lola sobre la mesa. La enfermera llegó, le sacó sangre y le dijo, como siempre, que en un par de horas fueran a recoger resultados. Pero a diferencia de otros días, cuando llegaron después de desayunar, encontraron un cartel en la puerta que decía: “Serán ustedes atendidos en 2ª planta. Disculpen las molestias”.

–          Qué raro, hijo, ¿le habrá pasado algo a Lola?

Y Carlitos reía para sus adentros. Así era Carlos, como decía su padre cuando lo enfadaba, un “desastre”.

Entonces fue cuando conoció a Irene, una enfermera moderna y enrollada, nada que ver con la bruja, y que se convirtió en una buena amiga.

Después de la primera semana de pruebas nuestro protagonista tuvo que enfrentarse al mayor de los retos: la quimioterapia. Entonces Irene contó a Carlitos de forma más clara de lo que lo hizo nadie en qué consistía su enfermedad. Y resultó que su cuerpo, como el de todas las personas, estaba lleno de células, unos bichitos que hacían que todo marchara bien. Pero en el cuerpo de Carlitos algunas de estas células se habían vuelto locas y no hacían bien su trabajo, lo que hacía que las demás también fallaran. Esto le recordó a Carlos las clases de educación física, cuando todos corrían en circuito y alguno paraba o tropezaba, haciendo que cayeran los que iban detrás.

–           Irene, pero ¿qué puedo hacer yo para cargarme a esas células?

Irene le dijo que él era un superhéroe, que en su cuerpo se iba a luchar una batalla contra las células malvadas, y le habló de unas bolsitas que le inyectarían “superpoderes” para derrotarlas.

–          Guauu.

–          Sí, pero piensa que las células locas se van a resistir y habrá días en que te encuentres regular, que tengas algunos dolores… Eso significará que están combatiendo dentro de ti, células buenas y malas.

Y eso fue lo que pasó, al poco de inyectarle esas bolsitas, Carlitos estaba decaído, se encontraba casi sin fuerzas y aún le costaba más levantarse de la cama. Había dejado la escuela, aunque su madre siempre le insistía para que leyera algún libro del colegio y no se quedara atrás. Entonces él siempre ponía la excusa de que no necesitaba estudiar, porque como era un superhéroe, seguro aprobaba sin esfuerzo ninguno.

–          Ains –suspiraba su madre–. Es verdad, hijo, pues ve un ratito la tele.

Cuando los amigos de Carlos fueron a verlo a casa lo encontraron distinto. Él les explicó todo lo que pasaba y  Rubén, que era un poco más listillo, le dijo que su abuelo entonces también era superhéroe porque tenía lo mismo que él.

–          Pues claro, chaval, ¿qué crees, que soy único en mi especie? En el hospi he conocido a muchos que son como yo. Algunos de ellos no lo saben, por eso están todo el día quejándose y gruñendo.

Pasaron los meses y el pequeño seguía yendo varios días a la semana al hospital a por sus superpoderes. Allí fue conociendo a mucha gente: a Teresa, una celadora que siempre le llevaba rosquillas de chocolate para la merienda; a Javier, un voluntario que ya era un superhéroe oficial, pues venció la enfermedad de pequeño; a Rosa, una chica que tenía lo mismo que él y era muy charlatana, siempre contaba sus historias y se hicieron buenos amigos…  Lo que a Carlitos le llamó la atención fue que a muchos de ellos les faltaba el pelo, así que cuando tuvo ocasión le preguntó a Irene. Ella le explicó que las células locas también se encuentran en la piel y en el cabello. Los superpoderes harán que ese pelo caiga, para que vuelva a nacer después pelo nuevo, más brillante y fuerte.

–          Y entonces a mí también se me caerá… ¡Pues vaya rollo! No es tan divertido esto de ser superhéroe.

–          Bueno, Carlitos, los superhéroes lo son porque logran vencer al mal después de librar unas cuantas batallas. Y estoy segura de que tú también lo conseguirás.

A los pocos días Irene apareció por el hospital con un regalo para el niño: una gorra muy chula, de Iron Man. No tardó mucho en tener que hacer uso de ella, pero cuando se la ponía se acordaba de la enfermera y se sentía mejor.

Un día, después de mucho, se acercó a verlo el doctor y le habló de hacerse una prueba con un nombre raro, que para ello tenía que prepararse y estar sin comer nada toda la noche anterior ¡Ni que por la noche se comiera… qué tío más raro! Yo por la noche suelo dormir… De nuevo Carlitos no entendió nada y prefirió hablarlo con su enfermera preferida.

–          No te preocupes, pequeño, van a ver cómo están esos bichitos dentro de tu cuerpo. Entonces te van a meter en un tubo y observarán a las células. Es muy importante que no te muevas ni hables, para no despertarlas, pues si se dan cuenta de  que las están mirando pueden esconderse.

De esta forma, al día siguiente cuando su madre lo llamó para que se preparase, Carlitos no protestó, ni pidió 5 minutos más en la cama como solía hacer. Simplemente se levantó muy despacio y se fue lavando y vistiendo muy calladito.  Qué extraño, pensaba su madre, ¿estará volviéndose más obediente? El caso es que empezó a preocuparse cuando al preguntarle algo, el niño solo contestaba por gestos.

–          Pero ¿qué te pasa hijo? No me asustes… ¿Estás bien? ¿Te duele algo? ¿Por qué no hablas?

Pero el niño solo afirmaba y negaba con la cabeza. La madre llamó al médico para decirle lo que pasaba, y él indicó que después de la prueba se fueran para su consulta pues quería verlo. La mamá de Carlos esperó algo impaciente a que el pequeño saliera de la prueba y su sorpresa fue cuando lo vio salir charloteando como siempre:

–          Ufff, ¡mamá, qué hambre tengo! Vamos a desayunar, ¿no? Me comería una tostada con jamón y un colacao.

Su madre, sonriendo, corrió a abrazarlo:

–          Cielo, pero ¿qué te pasaba? ¿Por qué no hablabas? ¿Te encontrabas mal?

–          Qué va, mamá, que no quería despertar a las células, a ver si no iban a poder verlas y me iba  a tocar otro día de madrugón…

Así era Carlos, como decía su abuela cuando hacía una trastada, un “trasto”.

A la semana de esta prueba, citó el médico a Carlitos y a su madre. Había buenas noticias, el pequeño había conseguido vencer al cáncer.

–          ¿Entonces, ya estoy curado?

–          Sí, pero ahora queda superar otra prueba importante: un trasplante de médula, para evitar que vuelvas a enfermar.

Y fue cuando el médico comenzó a hablar en su extraño idioma, con un montón de palabrejas raras que él no había escuchado nunca. Así que como siempre, Carlitos desconectó y empezó a pensar en sus cosas. Y pensó que pronto volvería al cole. Lo cierto es que hasta tenía un poco de ganas de ir, de que lo vieran sus amigos. Qué cara se les quedará a todos cuando llegue, he conseguido ganar a las células malditas, ¡¡soy SuperCarlos!!

Sin embargo, pasaron largos meses hasta que el chico estuvo totalmente recuperado, pues después del trasplante tuvo que ingresar en el hospital, en una habitación aislada para que no pudieran entrar ningún bichito ni bacteria a su cuerpo. Allí solo entraban su madre, médicos, enfermeras, celadores y demás personal sanitario, con mascarillas y guantes para evitar que se contagiara. Fue un tiempo complicado, pero que entre todos hicieron que pasara lo mejor posible. Si alguien quería verlo, su padre, abuela o amigos, lo tenían que hacer a través de la ventana cerrada y se comunicaban a través de un teléfono. Carlos allí dentro tenía de todo: su videoconsola, una tv, el ordenador… hasta una bicicleta estática para que, cuando se encontrara con ganas, subiera a hacer un poco de ejercicio. Hubo días buenos en los que ponía la música y todo el que pasaba por allí se echaba un baile. Y hubo días malos en los que  riñó  con enfermeras porque no dejaban que su madre le llevara chocolate y dulces. Aunque a veces consiguió pasarlos a escondidas… ¡y hasta una hamburguesa del Mc Donalds!

–          ¡Pero es que a este niño a cabezón no le gana nadie! -decía su tía cuando la ponía en el compromiso de llevarle algo.

Así era Carlos, como decía su tía, “un caso aparte”.

Y el tiempo pasó y pasó y Carlitos el pelo recuperó. Un día llegó el médico a decirles que por fin podían irse a casa, que el niño estaba completamente curado. Carlos no se lo creía, ahora ya era un héroe de verdad. Y lo mejor, volvía a su casa, vería a su abuela, a su padre, a sus amigos… hasta echaba de menos ver al listillo de Rubén, pues quería ver la cara que se le quedaría.

Fue rara la despedida de todos los que habían estado cuidándole tanto tiempo, tenía ganas de reír y llorar a la vez. Por fin Carlos se quitó el pijama y pudo ponerse su vaquero preferido. Mirándose en el espejo de la habitación comprobó que ahora ya no quedaba ninguna célula malvada en su cuerpo, su pelo  estaba más fuerte que nunca, ya no había ojeras en su cara, ni tenía la piel pálida, además había crecido… ¡Cuando lo viera Rosa!

Al salir del hospital, Carlos y su madre se cruzaron con la bruja Lola, que se alegró mucho de verlo y le dijo, guiñándole un ojo, que hasta lo veía guapo. Y Carlitos se fue pensando si sería verdad entonces, como se ve en las pelis, que todos los héroes son guapos…

Y es que así era Carlos, como decía Irene, un superhéroe.

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