LA NIÑA VICTORIANA – Mª Pilar Pérez Cruz

Por Mª Pilar Pérez Cruz

No había nada en el mundo que le gustase más a Lola que una historia de misterio. Se sumergía cada día en novelas de fantasmas, casas encantadas, desapariciones, todo lo que tuviera que ver con lo sobrenatural.

 

Lola era profesora. Ese año tenía un grupo de segundo curso de primaria en un pueblo no muy lejano a su ciudad. Cada día hacía trayecto de ida y vuelta en su coche aprendiéndose cada curva, cada pueblo que pasaba.

 

Sus alumnos la adoraban. Su juventud, el pelo largo recogido en una trenza y las gafas de pasta azul la hacían parecer una alumna más entre las niñas más mayores. Su trato amable con los niños hacía que éstos le confiasen todos “sus pequeños grandes secretos”.

 

Ese día en el patio iba a comenzar un suceso que no se podía imaginar. Caminaba arriba y abajo junto a Ignacio, su compañero de inglés, vigilando la hora del recreo. Ambos compartían esa pasión por lo desconocido, se prestaban libros y trataban temas paranormales a menudo.

 

De repente un grupo de niñas empezaron a correr hacia ellos gritando despavoridas :

 

-¡Profe, profe que se ha vuelto a aparecer! ¡A ver si va a venir también al cole! ¡aaaah! – Y salieron corriendo en dirección opuesta a ellos.

 

Ignacio y Lola se miraron interrogantes.

 

En esos momentos el timbre que daba por finalizado el recreo sonó y todos los niños corrieron hacia sus filas para entrar al aula.

 

Lola, mientras se dirigía a la fila de su clase le dijo a Ignacio:

 

-Ahora preguntaré que pasa, luego te cuento. Ignacio se alejó con el dedo pulgar hacia arriba y con paso rápido hacia el aula de inglés.

 

Ya dentro de clase Lola preguntó:

 

– A ver chicos, contadme que ha pasado en el recreo. Todos los niños empezaron a hablar embarulladamente por lo que la profesora no entendía nada. Lola dio unas palmadas para mandarlos callar.

 

– Todos a la vez no, por favor. Patricia, Nerea ¿Porqué gritabais? ¿Quién se ha aparecido? – Dijo en tono serio

 

– Profe es que Álvaro ha venido por detrás, primero nos ha asustado y luego nos ha dicho que la Niña Victoriana se le había aparecido a su abuelo, – dijo Patricia casi saltándosele las lágrimas.

 

– Sí profe, – dijo Nerea, en Villaparaiso. La han visto muchas personas, pero hacía mucho que no se aparecía.

 

Lola no daba crédito a lo que estaba escuchando y preguntó:

 

– ¿Villaparaíso? ¿Eso dónde está? ¿Niña Victoriana?

 

– Sí profe, – contestó Álvaro, es un poblado abandonado a las afueras de Losares. Mi abuelo me contó ayer que alguien la había vuelto a ver. Es una niña que murió allí hace mucho tiempo. Yo sólo he querido asustarlas para reírnos un rato, pero se han enfadado mucho y han empezado a gritar. ¡No era para tanto chicas!. – Dijo dirigiéndose a las niñas en tono de disculpa.

 

Lola se quedó pensativa: “Yo paso cada día por la carretera y nunca he visto ningún poblado abandonado, no tenía ni idea de semejante historia”.

 

-¡Bueno chicas! No os asustéis, todos los pueblos tienen leyendas y esta debe ser una de ellas. Lola le quitó importancia y empezó con la clase de  Sociales.

 

A la salida se encontró con Ignacio.

 

-¿Has averiguado que pasaba?

 

Lola brevemente le contó a Ignacio lo sucedido en clase y le dijo: – Pero creo que son cosas de los chicos.

 

Ignacio asintió: –Estos niños siempre queriendo asustar a las niñas. ¡Qué críos!.

 

Ignacio era unos años mayor que Lola, delgado y atlético, le gustaba montar en bicicleta y hacer cada tarde rutas por las afueras pueblo. Esa tarde, como casi todas, subió con la bici por la carretera antigua de Losares. Pasaba cerca del restaurante – gasolinera a unos 4 Km del pueblo y continuaba hasta que la carretera se cortaba en un descampado. De vuelta paraba en el restaurante a comprar agua y algún aperitivo para coger fuerzas hasta la hora de cenar.

 

El camarero le saludó:

 

– Hola Ignacio ¿Lo de siempre?

– Sí,- contestó él, y mientras sacaba el dinero para pagar escuchó la conversación de dos hombres del pueblo que se tomaban unos cafés cerca de él en la barra:

 

-¿Te has enterado de lo que le pasó a Matías la otra tarde cuando volvía de trabajar de la fábrica de orujo?

– Sí, ya he oído rumores por el pueblo de que se le apareció la Niña Victoriana ¿No?

– Tiene la manía de atrochar por el camino de Villaparaiso cuando se le hace tarde para llegar antes a casa, y por lo visto se topó con el espectro. Dicen que lo vieron corriendo por el pueblo como alma que lleva el diablo. Cuando llegó a su casa le tuvo que dar su mujer unos tranquilizantes y aún así no consiguió pegar ojo en toda la noche.

 

Ignacio pensó: “Es lo mismo que Álvaro le había contado a Lola después del suceso en el patio”.

 

Cogió su bici y se dirigió al colegio a toda prisa, pues recordó que aquella tarde Lola tenía guardia y no salía hasta las cinco y media.

 

Cuando entró en el aula se la encontró buscando desesperadamente en internet  las palabras “Niña Victoriana”.

 

– ¡Hola! ¿Qué pasa? Porque estás tan agitada mirando Internet? Acabo de escuchar una conversación entre dos hombres del pueblo y…

 

Lola no le dejó acabar. Le indicó que se sentara junto a ella con la mirada puesta en el ordenador.

 

– Ha venido la madre de Nerea a hablar conmigo y aparte de contarme el susto que tiene la niña me ha dicho que los rumores son ciertos. Estoy buscando por si encuentro alguna noticia relacionada.

 

Ignacio le contó la conversación que había oído en el restaurante que corroboraba todo lo que la madre le había contado.

 

Lola cerró el portátil y dijo -¿Y si vamos a investigar? Igual descubrimos si este misterio es real. ¿Sabes por dónde se va?

 

– Creo que hay un camino de tierra al final de la carretera vieja por donde yo paseo cada tarde con la bici. Algún día que he parado para beber he visto a lo lejos unas viejas ruinas, como de un pueblo perdido en el tiempo.

 

– Es mi hora de salida. ¿Te atreves a echar un vistazo? – Le dijo Lola con la cara iluminada.

 

– Por mí si. No tengo nada mejor que hacer. – Respondió Ignacio.

 

Sin pensarlo dos veces se montaron en el coche de Lola y tomaron rumbo a “Villaparaiso”. Lola fue siguiendo las indicaciones de su compañero y llegaron al final de la antigua carretera. Aparcó al inicio del camino de tierra por el que se adentraron.

 

A lo lejos vieron un camino empedrado que parecía ser la entrada a la vieja villa, aunque ningún cartel lo anunciaba. En marcha por el camino pudieron observar a su izquierda  algunos muretes pintarrajeados con grafitis que debieron pertenecer a alguna edificación ya desaparecida y montones de piedras apiladas entre la maleza de antiguos caserones. Al otro lado del camino observaron un torreón e imaginaron que podía ser el antiguo campanario de la iglesia de la aldea. Se acercaron a él y descubrieron unos  escalones estrechos que se cortaban a mitad de la torre semiderruida y decidieron subir para tener más amplitud de visión de los alrededores.

Mientras subían Lola le contó a Ignacio:

 

– La madre de Nerea me dijo que según la leyenda, la niña que se aparece, murió atropellada por un coche de caballos mientras jugaba en la calle allá por 1900. Dicen que va vestida con un traje típico de esa época y por eso la han bautizado como “Niña Victoriana”.

 

Ya desde lo más alto del torreón observaron las casas apiñadas de Losares, en la otra dirección a lo lejos asomaban las torretas de la fábrica de orujo y delante un pequeño monte por el que empezó a ocultarse el sol y no alcanzaban a ver que podía haber allí, por lo que decidieron acercarse y continuar la investigación.

 

– Vamos a darnos prisa Lola. El sol se está poniendo y queda poco para que oscurezca.

 

Cuando coronaron el monte se abrió ante ellos una explanada y pudieron ver algunas cruces y lápidas semienterradas. Lola se llevó las manos a la cabeza:

 

– ¡Es el cementerio! – Lola miró al horizonte y vio como el sol desaparecía por completo. La fábrica había empezado a expulsar un denso humo que se acercaba a ellos inexorable, oscureciendo aún más el cielo.

 

Ignacio activó la linterna de su móvil y sin pensarlo dos veces se adentró hacia la explanada. Con un cepillo que encontró en la mochila de los utensilios para la bici, empezó a limpiar la arena que cubría alguna de las losas.

 

-Ignacio tenemos que irnos, anochece y el humo de la fábrica está cubriéndolo todo – Le dijo Lola dando paseos rápidos de un lado a otro.

Ignacio sin escuchar lo que decía su compañera gritó:

 

-¡Mira creo que encontré la tumba de la niña! Lola se acercó a toda prisa y pudo leer gravado en la piedra: “Anita López Montoya, 1893-1900, tus apenados padres no te olvidan, RIP”

 

En ese instante el humo de la fábrica les rodeó y un ácido olor a orujo y alpechín les hizo taparse la nariz.

Lola cogió del brazo a Ignacio y tiró de él para apartarle de la tumba. La noche había caído y una repentina ráfaga de viento helador se levantó y les atravesó el cuerpo como una espada. Comenzaron a correr hacia el coche, tropezando con las piedras pues la débil luz del móvil apenas alumbraba el camino.

 

El humo parecía perseguirles en su carrera envolviéndoles sin dejarles apenas visibilidad, el fuerte olor les ahogaba.

 

Por fin divisaron el coche. Lola empezó a buscar las llaves en su bolso, pero antes de tocarlas todas las ventanillas del coche se bajaron de golpe.

 

-¿Has sido tú Lola?

 

– ¡No! Todavía no he tocado las llaves.

 

Palpó hasta el fondo del bolso y por fin las encontró. Pulsó el mando de apertura del coche una y otra vez, pero éste parecía no obedecer las órdenes de su dueña.

 

– No funcionan – Le gritó Lola. Intentó sacar la pequeña llave de apertura manual de dentro del mando, pero con el nerviosismo se le escurrieron entre los dedos. Cuando se agachó a por ellas una mano se topó con la suya en la búsqueda lo que hizo que un grito saliera de su garganta.

 

– Soy yo – le dijo Ignacio alumbrando las llaves con la linterna. Las cogió y sacó la llave de apertura manual con la que al final pudo abrir el coche. Se montaron a toda velocidad con Ignacio al volante. A Lola le brillaban los ojos saltándosele las lágrimas y con la voz temblorosa le dijo a Ignacio:

 

– ¡Vámonos, deprisa! Creo que al tocar la tumba hemos cabreado al fantasma Ignacio.

Ignacio subió rápidamente las ventanillas para que no entrara más humo al coche, pero en esos momentos los cierres de seguridad empezaron a subir y bajar sin cesar.

 

No podían creer lo que estaban viviendo, se miraban atónitos. Ignacio introdujo la llave en la ranura para arrancar, pero ésta se había descargado, no podían mover el coche del lugar.

 

Ignacio siguió intentando arrancar el coche una y otra vez hasta que por fin el motor sonó, accionó las luces largas y pisó el acelerador a fondo para salir de allí lo más rápido posible. El humo y la oscuridad de la noche hacían la vieja carretera aún más tenebrosa. Se miraron aliviados, aunque con los pelos erizados.

 

Según se iban alejando del lugar los seguros pararon de subir y bajar y el humo se empezó a disipar a medida que se acercaban a Losares.

 

– Lola creo que no debemos contarle nada de esto a los chicos.

Lola no paraba de temblar y sollozar – Mejor no se lo contamos a nadie Ignacio – contestó sin atreverse a mirar por el retrovisor.

 

 

 

 

RELATO DEL TALLER DE:
Taller de Escritura Creativa

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Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. Daniel

    Relato muy bueno. Felicidades a la autora. Esperamos que siga escribiendo y compartiendo.

  2. María Jesús Molano Leo

    Super interesante e intrigante.

  3. María José Amor Pérez

    Intrigante, engancha, genial, pero lástima el final, parece como muy precipitado para acabar. Claro, que debe ser para no sobrepasar el número de palabras. Me pasó lo mismo a mí.
    Pero muy buena idea, Me encantan los relatos de fantasmas, no en vano toda mi familia es gallega

  4. Isabel

    Me ha resultado entretenido y con buen ritmo.

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